Sociedad

Desde Villarrobledo para el mundo… con Roblepol. Por Santos García Catalán

 

Santos García Catalán

Santos García Catalán

“Emprendedores de mi querido Villarrobledo”: Blas Escudero

Fue un viaje relámpago el que hice a mi querido Villarrobledo en plena solanera, y para tan sólo un día. Pero me pareció una semana por lo que pude ver, hacer, querer, aprender y disfrutar. Porque a uno le pasa lo que a Don Quijote cuando vuelvo al pueblo; cuando retorno a mi querido Villarrobledo:

“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo

Y todo ocurrió por culpa de mi buen amigo Pedro de Frutos, (Asador El Cossío, de la vallisoletana Mojados) quién me invitó para que ese viaje fugaz, pero intenso y maravilloso, resultase más ameno con mi compañía y la de su bella hija Paula. Fue, digámoslo así, un viaje de negocios y de amistad, donde intervino un tercero además paisano y emprendedor llamado Blas Escudero, el creador de Roblepol.

A Blas -diez años nos separan. que siempre son mucha distancia de edad- lo conocí de jovenzuelo cuando iba por “Los Santos” mediada la década de los años 70. Por el bar de mi familia ha desfilado toda la juventud de las décadas de los 60, 70 y 80. Luego, uno desapareció de la escena hostelera y siguió por otros derroteros.

Y Blas Escudero se hizo hombre, y de negocios industriales que no es moco de pavo. Después de pasar por diversos trabajos de aprendizaje, -entre ellos haciendo baldosas en “El Trébol- aterriza en Polalsa, la matriz de todas las empresas dedicadas al acero y al poliéster. Todas ellas, si no me falla la memoria, reúnen a casi quinientos trabajadores en Villarrobledo. Que no está mal.

Con él y con su esposa tuve el placer de reencontrarnos en un almuerzo en sus múltiplex visitas a “El Cossío” de mi buen amigo Perico. Porque Blas, cada vez que sube al Norte para hacer negocios, se desvía de la carretera de La Coruña para ir a Mojados. Allí le espera su amigo Perico donde le tiene preparado un cuarto de lechazo al horno de leña, además de otras exquisiteces.

Y claro, si Perico va a mi pueblo y además va a ver a Blas, a uno no le queda más remedio que acompañarle. Porque el paisano industrial le dijo a su amigo el hostelero: “Ven con Santetes”. Y allá que me fui. ¿Entienden ahora mi breve viaje a mi Villarrobledo del alma?

Volviendo a Blas y su industria con la marca Roblepol, quedé realmente maravillado de lo que aquel mozalbete que conocí en mis tiempos hosteleros había levantado en su pueblo y en el mío. Y lo primero fue el título. Si exporta a una decena de países europeos, africanos y de la península arábiga (Dubai), hay que decir que exporta al mundo desde Villarrobledo.

Pero, además, si cuenta con casi medio centenar de trabajadores de Villarrobledo, fabrica contenedores de 2 millones de litros y factura unos cuatro millones de euros anuales, hay que decir un viva fuerte y grande por este paisano y valiente emprendedor.

Y si, además, sus productos son valorados y garantizados por profesores universitarios, cuyos inicios le costaron sudor y lágrimas a Blas, que empezó haciendo baldosas, y cuyo ingenio y tenacidad lo han situado en un lugar privilegiado de su sector, pues hay que decir: ¡Vivan sus pelotas!

Perdón por el exabrupto, pero tenía que decirlo.

Todo un ejemplo a seguir el de Blas Escudero, familia de los Escudero de la fábrica de harinas de toda la vida. Y además, Blas, como Don Quijote, tiene relación con los molinos de viento, tan típicos en nuestra “Mancha Manchega”. En este caso de poliéster, claro, que es lo suyo.

Por ello, de vuelta a Valladolid fui pergeñando estas letras para enviarlas a mi amigo Miguel Parreño que suele publicar con agrado todo lo que le envío desde la diáspora para publicarlo en su Villarrobledodiario.com. (Animo Miguel)

Antes del regreso para mi tierra adoptiva, Blas nos invitó a un generoso almuerzo donde Ramón de la Cruz (“Asador Legazpi”). Suelo acudir a este conocido bar-restaurante cuando visito nuestro pueblo, porque hace una sepia plancha de categoría. Tan buena como la que hacía mi entrañable amigo Fermín del Prado en su céntrico “Café de La Villa”. Y además, Fermín y yo solíamos ganar al mus con frecuencia…!Verdad, Pepe Notario¡

Y de entrantes hubo sepia plancha, deliciosa. Y gambas blancas de Huelva, mezclada con otra delicia como es la quisquilla de Santa Pola. Unos exquisitos tacos de queso frito, guarnecidos con pimientos socuellaminos y taquitos minúsculos de sabroso jamón frito.

Paula pidió solomillo, Perico un entrecote (al punto ambos), mientras que a Blas y a un servidor nos trajo Ramón un finísimo y delicado lenguado rebozado, acompañado de salsa tártara. El remate para Perico y un servidor fue un postre de impecable calidad, dulzor, y auténtica exquisitez: una torrija con bola de helado y tarta de queso. ¡De un once!, dijo el hostelero de Mojados.

Y como no, degustamos el vino patrio como es el “Estola”, de Ayuso, en versión verdejo y rosado…con mi gaseosa. Y que no falte. Café, gintonic, etc. Visita de nuevo a Roblepol para sesión de fotos y vuelta para tierras pucelanas.

Pero antes giré visita donde mis hermanas Mari y Nati para abrazarlas, allí encontré también a mi sobrina Ana. A mi hermano Miguel Luis no pude verlo por la premura del tiempo. Y porque había que hacer otra visita, casualidades de la vida. Esta al tanatorio.

Desde Alicante, llegaban casi a la misma hora que nosotros mi hermano Jóse Joaquín, mi hijo Santi y mi encantadora nuera María (madre de mi espigado nieto Nico, un dieciochoañero ya en primero de Químicas). Y el viaje no era de placer con casi los 40 grados abrasadores que caían.

No, era de sentimiento por la muerte de Pepe Luis Pérez (El Caja). Amigo desde la infancia y familiar directo de mi nuera María, hija de Joaquín Pérez (†) (Jopeca), a la sazón hermano mayor de Pepe Luis. Descansa en paz, querido amigo.

En fin, queridos paisanos. Un viaje sorpresa en todos los sentidos, pero siempre, siempre, lleno de emotividad, amistad y cariño familiar. Lo decía el poeta griego Constantino Cavafis:

“Cuando emprendas tu viaje a Itaca (versión Villarrobledo) pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias”.

Pero sobre todo de amistad. Este reencuentro con Blas y el viaje con Perico me han reconfortado sobremanera. Y eso, a estas edades, se agradece. Y hasta se olvida uno del palizón que supone los 800 kilómetros recorridos en una

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