Sociedad

Fallece Antonio Marín, pionero de la buena hostelería de Villarrobledo. Por Santos García Catalán

Antonio Marín, la que fuera torera albaceteña Maribel Atienzar y Fermín del Prado en una tarde de toros en Villarrobledo. Años 80.

Antonio Marín, la que fuera torera albaceteña Maribel Atienzar y Fermín del Prado en una tarde de toros en Villarrobledo. Años 80.

 

Tenía 86 años y dejó un legado histórico a través del “Bar Ideal” en la Plaza Vieja.

Mi buen amigo Fermín del Prado, íntimo de Marín -cómo siempre le llamaba- fue quién me dio la noticia en este domingo casero, donde estamos “refugiados” entre la meditación y la maldición que nos ha tocado vivir por culpa de esta invasión vírica que nos envían desde la lejanía, pero que está aquí, encima, debajo y al lado de nosotros. “Son capaces de extraer rayos de sol de un pepino e incapaces de hallar una vacuna” (Jonathan Swift).

Antonio Marín Azaña, con 86 primaveras a sus espaldas, y tras una dura vida de currante tras la barra, nos ha dejado para siempre. Pero perdurará en el recuerdo. Marín era un niño de la Guerra que desde la infancia comenzó a trabajar en los bares que Fermín Marín, su padre, fue gestionando.

Ellos, los Marín, procedían de Tiriez y llegaron a Villarrobledo en la década de los 40 procedentes de Albacete, donde sus padres regentaban una pensión. Primero fue el Círculo Mercantil y luego el “Ideal”, en plena Plaza Vieja.

Mi padre solía ir al café del “Saboya” en las sobremesas, y por las noches de verano a la terraza del “Ideal”. Yo acompañaba a mi padre cada noche para jugar con otros chicos en la arena de la plaza o en los recovecos de San Blas. Lo recuerdo a la perfección.

Y Marín, aún muy joven, ya laboraba en la barra del “Ideal”. Luego, junto con Concha, su esposa, emprenderían el camino en solitario hasta consolidarse en la hostelería local como un auténtico referente.

El “Ideal” de los 60-70- era un emblemático establecimiento donde la clase media alta de Villarrobledo tomaba sus aperitivos día tras día. Y no eran baratos. Quiero decir que imperaba la calidad, la variedad y el servicio. Y eso se paga.

Marín era un perfecto conocedor de su selecta clientela, a la que atendía con auténtico mimo y primor. “Psicólogo” infalible, de los de crear escuela detrás de una barra, siempre se jactaba de meter “algún palo” en las cuentas de los clientes “insoportables”, que haberlos haylos. Y Concha, su esposa, una albaceteña que pronto se adaptó al pueblo, era una excelente cocinera. Sus callos, calamares y albóndigas eran un auténtico deleite para el paladar. Pero no quiero olvidar las almendras fritas cuyo sabor aún recuerdo con lujuria gastronómica. Y si eran acompañadas con la exquisita mojama, no te digo más. El marisco era otro de los complementos del fin de semana que Marín dominaba a la perfección.

Luego surgiría el nuevo “Ideal” en el Pasaje Milán y la discoteca “Tonios”. Y en lo que fuera el Teatro Navarro prosiguió con “Equus”, donde marcó una época. Ahí se jubiló de la hostelería dejando el legado a su hijo Fermín. Marín, siempre celoso de su negocio, no perdonaba el más mínimo a la hora de cobrar. Aunque luego era generoso con sus amigos.
Recuerdo con agrado las paellas veraniegas que hacía Del Prado en el chalet que Marín y su familia poseían en la zona pinariega del “Cruce”, entre El Provencio y Villarrobledo, por la carretera nacional. En fin.

Buen aficionado a los toros y seguidor impenitente del maestro Dámaso González, coincidimos varias veces en festejos. Marín, siempre sibarita, fumaba sus buenos habanos en las corridas de toros, y cuando iba acompañado de su entrañable amigo Fermín de Prado siempre caían varios “chivas”.

Luego, el corazón y tantas horas de barra le pasaron factura, pero, junto a su Concha, ha ido tirando hasta ayer.

Descanse en paz un hombre trabajador, honesto, amigo de sus amigos y entrañable en toda su extensión. Un beso grande para Concha y su familia.

SANTOS GARCÍA CATALÁN

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