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Sin ritmo ni melodía. Por Julián Cantero

Villarrobledo

Corona

 

No hay que olvidar, como dijo el propio monarca, que “la política la dirige el gobierno”.

Julián Cantero. elmundosindios.blogspot.com.es
Los discursos de los reyes casi nunca dicen nada porque pueden decir muy poco. Son como una homilía, una exhortación no imperativa, un canto auniversal en el que cada uno entiende lo que quiere. Siempre hay alguna frase a la que se agarran los que ya han decidido de antemano lo que el Rey tenía que decir. Se citará mil veces como señal de nuevos tiempos y de fabulaciones reformistas, pero no hay que olvidar, como dijo el propio monarca, que “la política la dirige el gobierno”. Es sin duda la mejor frase de un discurso que tiene lo mismo de sintomático que de cosmético.

Al que le corresponde la tarea de dirigir el país, de ofrecer respuesta a los problemas y soluciones es a Mariano Rajoy. Ante la debilidad de la Corona, PP y PSOE han mandado la crisis hacia arriba, en una clara elusión de responsabilidades. Que el Rey pague por todos con su abdicación, de manera que así se ofrece un guiño a la ejemplaridad que exigen los ciudadanos. La pregunta ahora es, ¿después de esta movida qué? ¿Hay que entender este paso como señal del inicio de un proceso reformista de gran calado o se pretende que todo siga igual?

A la vista de los última acontecimientos, no parece que el bipartidismo vaya a ceder ni un milímetro de poder para poner en marcha las reformas que necesita el país. Todos aplauden al Rey porque la Corona es símbolo de estabilidad y de unidad. La estabilidad como principio para no hacer nada. La unidad como quimera en una España pluricultural y plurinacional que ha mandado ya varios mensajes inequívocos de regeneración.

Villarrobledo

La escenificación del poder que ayer vivió España no deja de ser como una representación teatral en la que estaban todos los actores del poder sobre el escenario. En el fondo, la monarquía no es más que un símbolo que se sitúa en la esfera de lo sagrado, por encima de la soberanía popular pero por debajo de Dios, claro. No me voy a detener en el perfume rancio que se tuvo que respirar en las calles de Madrid, ni en el boato de palacio, ni en la exaltación al líder con baño de masas incluido (aunque las masas fueron más bien escasas como apunta The Guardian). Nos libramos de los símbolos religiosos, de la misa de Rouco, pero no de los símbolos militares que aquí todavía traen malos recuerdos. ¿Era imprescindible que el nuevo rey vistiera uniforme militar? Hubiese sido un bello gesto de ruptura. El Rey es el jefe de los ejércitos pero, ¿necesita uniforme para afirmar su autoridad? ¿Será que en el inconsciente sigue existiendo un cierto temor reverencial a los militares? De paisano hubiera estado más simpático.

Lo que quedó de manifiesto el jueves, además del escaso e irrisorio clamor popular en la calles hacia la monarquía- entre guiris y gentes que pasaban por allí- es que en este país manifestar una opinión contraria todavía sale caro. La represión policial no se puede justificar de ninguna de las maneras, y menos cuando es gratuita, cuando no responde a disturbios ni a violencias. Fue una actuación policial dirigida para requisar banderas republicanas, para cortar el paso a la libertad de expresión, para dejar limpio el pasacalles. Lo triste no es que los medios tradicionales no informen de esto, y en portada no dediquen ni un simple destacado, lo grave es que una vez más hay que acudir fuera para enterarse de lo que pasa dentro. Este gobierno y el anterior ya nos tienen muy acostumbrados a hacer revista de prensa internacional para entender mejor las cosas desde la distancia necesaria.

Como todos los poderes, la monarquía se hace más vulnerable en unos tiempos en los que nada está a salvo, a pesar de las ansias conservadoras de los que ostentan el poder. La monarquía es simbolismo, iconografía de otro tiempo, es imposible pensar en una monarquía renovadora o reformada porque, sencillamente, es una contradicción. La democracia, en cambio, es narración, es un bios, una historia en construcción permanente cuyos únicos escritores son los ciudadanos, el pueblo soberano.

La proclamación de Felipe VI no bastará para detener el grito de regeneración que se ha ido propagando desde el estallido de la crisis, cogiendo fuerza en el último año. La sensación general es de impotencia, de pérdida de soberanía, en un país deprimido que trata de tomarse con cierta calma las vergüenzas de la alta política, pero que ha despertado en parte de la modorra de la indiferencia. Cada vez es más difícil no tomar el fracaso de la La Roja como metáfora del fracaso como país. Hemos pasado de vivir por encima de nuestras posibilidades, como decían algunos, a vivir por debajo. La oda a la modernidad que emite Zarzuela no sirve para esconder lo evidente: la orquesta sigue tocando sin ritmo ni melodía.

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