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Inés Herrera y Angela López, ganadoras del Concurso Literario del IES Hernán Pérez el Pulgar

Villarrobledo
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Imagen de Iné Herrera Mesas y Angela López Rojo.

Inés Herrera Mesas y Angela López Rojo, alumnas del I.E.S. Octavio Cuartero de Villarrobledo han ganado estos dos últimos años el Concurso Literario del ‘IES Hernán Pérez del Pulgar’ de Ciudad Real. Se da la circunstancia, que este centro ha conseguido ser premiado gracias a estas alumnas en los dos últimos cursos.

El IES Hernán Pérez del Pulgar, de Ciudad Real, celebra cada año  su concurso literario Cuentos del aula. En un concurso en el que pueden participar los estudiantes de todos los centros de Educación Secundaria con edades comprendidas entre los 12 y los 20 años, integrados en dos categorías:

  • Cuentos, con dos subcategorías: los tres primeros cursos de ESO y el resto de alumnos
  • Microrrelatos

El pasado 19 de mayo de 2014 la ganadora fue Inés Herrera Mesas, que por aquel entonces cursaba tercer curso de la Eso, por su obra ‘Violeta y la tiza mágica’. Este premio estaba dotado con 300 euros y diploma.

Este es el acta del fallo del jurado de la XX edición:

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Por su parte, en la edición de este año, la XXI, el mismo primer premio de la Diputación de Ciudad Real recaía en la villarrobledense Angela López Rojo, por su obra ‘Partitura obligada’.

A continuación les dejamos las fotos con Inés Herrera Mesas y Ángela López Rojo, así como a la propia Angela recogiendo el premio de esta edición:

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Para finalizar, nos quedamos con la obra completa ‘Partitura obligada’ de Angela López Rojo:

Porque la nada puede ser el todo y un todo puede no ser nada, porque atroces reminiscencias del pasado percutían con fuerza en su mente, porque una pesadumbre invadía irremediablemente su cuerpo y, lo que es peor, su alma.

Era un atardecer plácido y solemne cuando Margot se recreaba en el banal hecho de trasplantar unas delicadas dalias en un inhóspito rincón de su jardín, poniendo todo su esmero y empeño para que esas flores pudiesen desarrollarse sin ningún límite, posponiendo el irrefutable instante en el que se marchitasen. A ella le gustaba el crepúsculo, pues sentía en su interior una extraña sensación de tranquilidad: todo volvía a su lugar al final del día. No obstante, en aquella vespertina situación, Margot sentía en su interior un cierto malestar. Al contrario que las dalias a las cuales les había proporcionado tierra nueva para expandirse y crecer, ella notaba que se ahogaba en una cruenta pelea, que podría desvanecerse y desaparecer en cualquier momento. Tan solo la fuerza y sensibilidad del sonido del violonchelo en el concierto de Elgar que estaba escuchando mientras llevaba a cabo las labores de jardinería, le permitió dilucidar lo que era real y lo que no.

Terminada la tarea, se dirigió a la puerta trasera de su casa, pues comunicaba directamente con su acogedora y amplia cocina. Abrió la nevera y revisó si disponía de todos los ingredientes necesarios para la cena. Ella jamás hubiese imaginado que algún día acabaría limitándose a mantener su hogar, es más, lo hubiera repudiado. Ahora se odiaba a sí misma por haber sido tan estúpida y haber estado tan sumamente ciega. Margot siempre había sido muy ambiciosa en sus perspectivas de futuro; tener una brillante carrera como concertista, viajar y aprender idiomas, emprender alguna disparatada aventura y luego reírse años más tarde contando alguna anécdota junto a sus amigos… En definitiva, vivir plenamente, sin límite alguno. No obstante, pudo comprobar que, a veces, planes que se erigen magnánimos ante nuestros ojos, pueden quedar como un humillante fracaso plasmado en papel mojado. Su hermana y su madre le sermoneaban sobre aspectos como la suerte, el destino, la búsqueda de sentido a la propia existencia. Margot, aburrida, asentía para no disgustar a dos de las pocas personas que aún se preocupaban por ella. Intentaba sonreír para aparentar ser feliz. Eso sí que no podría lograrlo jamás. Entre corte y corte de verduras, meditaba acerca de todos estos asuntos que siempre rondaban por su complicada cabeza. Cuando parecía que el guiso ya estaba preparado, avisó a su marido para que acudiese a cenar.

Sentada a la mesa con Jack, sentía punzadas de odio en su estómago. En otras ocasiones había sido admiración, felicidad, simple indiferencia e incluso, en un tiempo remoto, del cual ya no podía ni siquiera atisbar a recordar, amor. Al fin y al cabo, puede que esos dos sentimientos extremos, amor y odio, fueran dos caras distintas de una misma moneda que se lanza a traición. En cierto modo, culpaba a Jack de su fracaso. Con sus prósperas promesas de una vida juntos, en armonía, la había obligado a elegir entre renunciar a sus aspiraciones o a él. Era definitivamente un ser inseguro y desconfiado, pues había aborrecido secretamente a una joven Margot por continuar con sus programas de estudio, sus giras de conciertos. Puede que se sintiese insatisfecho con él mismo y no quisiera ser eclipsado por su deslumbrante compañera. En su ignorancia, había intentado convencerse de que su adorado Jack siempre trataría de pensar en el bienestar de ambos, claro. Creyó que era ella la que estaba errada al centrarse tanto en su carrera, su violonchelo, por lo que decidió tomarse una temporada de descanso. Además, le ayudaría a comenzar otra etapa con fuerzas renovadas. Pero ese ansiado momento nunca regresó. Por un motivo u otro, siempre se iba postergando, y ella, se engañaba con argumentos que de ningún modo podrían haber tenido un ápice de verosimilitud. Con los años, se empezaba a dar cuenta de que era Jack el que estaba formado por una maraña enredada de hilos y fibras que solo conocían el egoísmo como único componente: le había arrebatado tantos pedazos de su alma y ahora le parecía tan difícil recuperarlos…

Se limitaban a esquivarse la mirada y a saborear la comida con parsimonia, intentando ignorar la presencia del otro. Definitivamente, si alguna vez existió un hilo que los hubiese mantenido unidos, se había esfumado. Los últimos años habían transcurrido sin que Margot se percatase del vacío que paradójicamente inundaba todo debido a la presencia de Inés, su hija muerta, su otra también parte de espíritu perdida. Había sido definitivamente el motivo por el cual había podido soportar lo absurdo de su matrimonio. La niña fue un ser humano puro y libre. Nació con otro talento distinto al de su madre, pero seguro que ambos procedían de una fuente común, de un mundo inimaginable donde reinase el arte en todas sus manifestaciones posibles, donde cada espíritu estuviese libre de ataduras mundanas y banales, donde fuesen almas danzando en un paraíso habitado por las más hermosas e inocentes criaturas. Jamás podría nada borrar en su memoria los días de verano en los que tocaba su carismático chelo, mientras que la pequeña Inés daba rienda suelta a su imaginación, dibujando fantasiosas mariposas volando en un cielo azul, abarrotado con agitadas golondrinas en los albores de la primavera. ¡Qué horas más adorables y preciadas, cuando la esencia de la vida era palpable en el aire que ambas respiraban!

Cuando ambos habían saciado su apetito, Jack se levantó de su silla y, sin mostrar siquiera un humilde gesto de agradecimiento hacia su esposa, cogió un paquete de cigarrillos y salió al porche un rato. Siempre le había gustado disfrutar de un momento de relajación contemplando el cielo nocturno, sobre todo en verano, mientras que fumaba empedernido. Quizás fuese para hallar la inspiración literaria que nunca fue capaz de encontrar. Margot sospechaba que el motivo por el cual le prohibía tocar el violonchelo en su presencia y se había irritado en más de una ocasión al ver a la pequeña dibujar, fuese llanamente la envidia. Intrincada en la condición humana desde tiempos inmemorables, la envidia se esconde como un ser macabro que se regocija al encontrar un escondrijo en algún alma insegura, haciendo que aflore a la superficie lo peor que cada persona lleva en sus entrañas. Los tiempos en los que los gritos y la furia eran justificados por el estrés o la tensión a la que estaba sometido su marido en el mediocre periódico local en el que ocupaba el puesto de redactor jefe, tenían un inminente final.

Villarrobledo

Aquella noche Margot no pudo apenas conciliar el sueño. Todo eran recuerdos nefastos en su abrumada memoria: gritos, lágrimas, culpabilidad, remordimientos, pesadillas, somníferos, desesperación, angustia… Vivió de nuevo, nítidamente, el episodio de la muerte de Inés. Ocurrió durante un radiante día primaveral, por lo que esta estación del año le parecería, los días que le quedasen de vida, tediosa. Por aquel entonces sentía algo similar a la felicidad, aunque nunca había estado del todo segura de que este sentimiento realmente existiera. Había sido la mejor época en la vida laboral de Jack. Además, había sido invitado a la fiesta en la que se celebraría el auge del periódico. Naturalmente, decidió pedirle a Margot que le acompañase. El resto de sus compañeros debían conocer que él, Jack Murray, había sido capaz de conquistar y, en su fuero interno, dominar, a aquella mujer de exótica belleza. Ella siempre tuvo el temor de que sus expresivos ojos pardos, su rojiza melena ondulante, su esbelto cuerpo, hubiesen sido el único motivo por el que algún día Jack se enamorase de ella. Le asaltaban tantas dudas y tantos pensamientos atroces. Margot decidió (o fue obligada) a asistir a aquella gala. Se vistió con un elegante y sencillo vestido de gasa de un rosa pálido, con su cabellera suelta reposando sobre sus hombros. Dejaron durmiendo a Inés en su cuarto, plácidamente, sumida en un sueño envidiable.

Las fiestas habían supuesto un aspecto desconcertante para Margot. Un sinsentido en el cual gente que apenas se conoce, hace alarde de los aspectos más superfluos de sus vidas. Por otro lado, qué sentido tiene compartir inquietudes, sueños, proyectos, lo más íntimo y personal, con completos desconocidos. En fin, todo una maldita paradoja sin ninguna posibilidad de ser desentrañada. Aunque esbozara una encantadora sonrisa con sus delicados labios y asintiese asiduamente, a Margot le importaba lo más mínimo el parloteo de aquellos desconocidos acerca de las noticias que llegaban de Wall Street y las subidas y bajadas en la bolsa, de sus insignificantes inversiones en algún fondo alentador, de los más sonados escándalos entre los iconos de entonces, de las últimas novedades en el mercado automovilístico… Era insufriblemente aburrido y giraba en torno al detestable dinero. No entendían que todo aquello les confería una personalidad vacía, al menos ante los ojos de Margot. De pronto, mientras Jack se emborrachaba y se dejaba llevar por todos esos cretinos, Margot intuyó que algún fatídico suceso se cernía sobre ella. Pasada ya la medianoche, el matrimonio llegó a su casa. Ella agarró la llave e intentó encajarla en la cerradura, pues de ningún modo podría haber sido él capaz de hacerlo en su estado. Abrió lentamente la puerta para no hacer demasiado ruido y fue la escena que se presentó ante su campo de visión la que perturbó el transcurso de los acontecimientos. Dejaron de girar los cuerpos celestes para ella: su hija yacía bajo las escaleras presentando una fuerte contusión en su pequeño cráneo. La niña que era el principal motivo para seguir viviendo cada día, la persona que, a pesar de sus seis años de edad, era la que mejor la comprendía, la que compartía sus ensoñaciones y sus fantasías, estaba muerta, inerte, sin ninguna chispa de vida presente en su angelical rostro. Margot rompió en un colérico ataque de rabia e impotencia frente a ese trágico y desgraciado giro en el destino. Empezó a romper jarrones, platos, cerámicas, cuadros, intentando encajar en sus esquemas mentales la muerte de Inés. Jack la abofeteó incesantemente hasta que él mismo cayó abatido en el portal, incapaz de poder derramar ni una sola lágrima.

En la mente de Margot también se arremolinaban difusos recuerdos del funeral de su hija. Un ataúd, un cuerpo inerte. No podía ser, no era posible que su enérgica niña fuese a descomponerse como una simple manzana. No era justo, era inconcebible. No, se negaba a creerlo, debía estar delirando, no. Inés debería estar jugando con las coloridas mariposas en el jardín, no enterrada en un mísero terreno. ¿Por qué ella? ¿No había pasado toda su vida intentando complacer a los demás, siendo amable, cordial, generosa? ¿No era lo que se supone que debía hacer, renunciar a su talentosa carrera musical y trasladarse desde su querida California al corazón de Texas, lugar que siempre le había disgustado, para vivir en la casa que Jack había comprado? Robarle a su pequeña, herirle en lo más profundo de su alma… Que su hija Inés, en un intento de bajar a la cocina a por un vaso de agua, se hubiese tropezado y caído por las escaleras, era algo tremendamente ruin por parte de quien lo hubiese dispuesto de ese modo. Lo peor era que por mucho que implorase o se lamentase, jamás nadie se la devolvería de nuevo. Ni pasado un año Margot era capaz de dormir profundamente. La culpa la devoraba por dentro; si no hubiese acompañado a Jack a la fiesta de esos estúpidos periodistas, ¿seguiría Inés viva? Nunca lo sabría certeramente.

Algunas horas más tarde, Margot se despertó, si así podía considerarse, pues apenas había conseguido dormir. Giró la cabeza y comprobó que Jack se había ido ya al trabajo. En las últimas semanas, debido al desdén que sentía hacia ella, habían dejado de compartir el típico café matutino. Tal era el deseo de esquivarse el uno al otro. Inmediatamente, Margot Sullivan tomó una decisión inamovible: huiría. Partiría hacia Europa, más concretamente a Londres. Allí le sería posible encontrar algún empleo y podría retomar sus estudios de violonchelo. No tendría siquiera que vivir en un entorno donde el idioma fuese desconocido para ella. Además, podría intentar localizar a algunos antiguos amigos que se habían trasladado a la capital británica hacía unos años. De pronto, vio todo con una clarividencia que le impulsó a sacar fuerzas para poder afrontar esta nueva etapa en su vida. Al fin y al cabo, se lo merecía.

 Minutos más tarde, Margot preparaba frenéticamente lo indispensable para el viaje. Cogió lo estrictamente necesario, pues tampoco le convenía llamar la atención en el vecindario. Mientras elegía las prendas de ropa que llevaría consigo, le invadió una extraña sensación. No podía parar de conjeturar acerca de la reacción de Jack cuando advirtiera que ella había decidido abandonar la vida que teóricamente compartían. Tal vez sentiría rabia por dejar de poseer la pieza más valiosa de toda su colección. Quizá humillación por verse rechazado. A lo mejor incluso sentía alivio por no tener que pensar lo más mínimo en otra persona que no fuera él mismo. En cualquiera de los casos, Margot se percató de que en su alma no había espacio para más perdón. A lo largo de los años, había sido misericordiosa en reiteradas ocasiones. Como consecuencia, sentía en su interior profundas hendiduras que iban perforándola lenta y dolorosamente. Todo tiene un límite y ella estaba segura de que el suyo hacía tiempo que rebosaba. No obstante, tenía una gran duda que giraba en torno a escribir o no una nota de despedida a Jack. Siempre había sido muy devota a comunicar explícitamente cualquier imprevisto que le pudiese haber surgido. Sin embargo, esto era mucho más que una reunión inesperada en el colegio de la niña o una urgente visita al dentista. ¿Cómo podría expresar en una hoja de papel todo lo catastrófico de su matrimonio, la soledad que le afligía, el fracaso que sentía, las esporádicas, pero cada vez más frecuentes, punzadas de odio hacia Jack que afloraban en su piel? Definitivamente no tenía ánimo para escribir, no podía. No deseaba tampoco que él se diese cuenta del abundante rencor que tenía almacenado en su pecho.

Con su funda del chelo colgada en la espalda, una maleta pendida de una de sus manos y un mapa en la otra, Margot estaba totalmente preparada para emprender una nueva vida. Debido a que siempre encontró un cierto encanto en viajar en tren, escogió este medio de transporte para dirigirse a Tennessee y, posteriormente, a Virginia. Entonces sería el momento de embarcar en un avión rumbo a Londres. Durante el trayecto, tomó un té negro con canela, pues siempre le había resultado esta especia un tanto mágica y, lo más importante, le recordaba a los momentos más felices de su infancia. Su abuela , que junto a Inés conformaban la pareja de personas más excepcionales que jamás había conocido Margot, acostumbraba a cocinar postres que rociaba con canela a la vez que inventaba historias, no sin un notable cariz mitológico, para disfrute de su nieta. Esa calidez embriagadora de los fogones mezclada con el olor a canela y la placidez que se nos otorga en los más tempranos años de nuestras vidas, era algo que Margot añoraba. De pronto se dio cuenta de que la chica del asiento que se situaba justamente enfrente del suyo, leía La señora Dalloway. De nuevo estalló en su memoria con intensidad una nube de recuerdos, pues había leído ese enigmático libro a los catorce años, durante las calurosas tardes de verano que pasaba junto a su hermana en el lago cercano a su casa.

 A Margot le parecía francamente increíble lo poderosa e intrigante que puede ser la mente humana en comparación con la fragilidad de nuestros cuerpos. Definitivamente, asombroso. Mientras cavilaba sobre esta certeza, el tren llegó a Tennessee. Optó por quedarse en su asiento intentando conciliar el sueño en lugar de bajar a una cafetería cercana a la estación. Cuando todos los pasajeros hubieron subido al vagón, el tren emprendió de nuevo la marcha hacia Virginia. El final del trayecto se aproximaba.

Llegó el momento de apearse y a Margot se le ocurrió la idea de pasar el resto del día en la playa hasta que fuese la hora de dirigirse al aeropuerto. A su parecer, la perspectiva de pasar unas horas sola junto al mar era bastante atractiva. Culminarían allí todos sus pensamientos más oscuros, sus temores, sus angustiosas reflexiones. Además, el mar, extendiéndose en el intento de alcanzar el horizonte, lleno de vida y, al mismo tiempo, rezumando ese sosiego tan apaciguador, conformaban un entorno idílico para organizar todas sus ideas.

Una vez tumbada cerca de la orilla, sintiendo que sus pies se hundían en la húmeda arena y su piel rozaba algún áspero guijarro, Margot sintió que se derrumbaba, que era engullida por un tornado de emociones, que se ahogaba durante una tempestad en un océano enfurecido. No entendía ni ella misma si la fuerza de ánimo con la que contaba hacía un par de horas se había evaporado o si había sido una simple ilusión, un arma de defensa contra el abatimiento. Vislumbró unos escarpados acantilados y no dudó un solo instante. Escaló sintiendo que se quedaba sin aliento, con el corazón bombeando trabajosamente su sangre. Cuando se situó en el borde de éstos, habiendo ascendido la máxima altura de aquellos fatídicos acantilados, Margot Sullivan se precipitó ofuscada. Ya nada tenía sentido, ni Londres, ni su música, ni la posibilidad de comenzar otra vida distinta junto a un nuevo hombre… La razón era muy sencilla de comprender: ella no quería. Ni tampoco deseaba ser presa de sus tretas para aparentar ser una persona que no era. Margot se golpeó su perturbada cabeza con una afilada roca y, esta vez sí, se ahogó entre las oscuras aguas del mar y las olas que llevaban su cuerpo muerto hacia las intrincadas profundidades del océano.

Todo quedó en calma, un silencio impenetrable envolvía aquella playa.

Su violonchelo quedó presenciando aquel misterioso y, a su vez, bello atardecer.

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