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Esta semana, en nuestro espacio de salud: ‘¿Corres o caminas?’. Con Alfonso Miguel Blanco Parreño

Villarrobledo

El culto al cuerpo cada vez cobra mayor importancia en la idiosincrasia de nuestras vidas. No es nada nuevo, civilizaciones pretéritas ya remarcaban la importancia de mantener nuestra cuerpo en forma. “Mens sana en corpore sano”. La cita completa es “Orandum est ut sit mens sana in corpore sano”. Nació en la Grecia clásica. Ninguna otra civilización de la época se aplicó con tanta devoción a la práctica del deporte y lo interiorizó de un modo tan profundo, impregnando su cultura, su arte, su vida diaria, e incluso su religiosidad y su política. Captura de pantalla 2014-10-01 a las 13.45.10Por desgracia, la civilización occidental contemporánea ha olvidado, supongo que adrede, la primera premisa de la cita. Nuestro cerebro, en reposo, puede consumir hasta un 25 % de la energía total del organismo, estos requerimientos pueden incluso doblarse cuando leemos un libro, escribimos una carta, o pensamos en como solucionar los problemas del trabajo. Debemos comprender que la inteligencia debe ser la primera premisa en la práctica deportiva.

¿Walker o runner?. Esta pregunta cada vez se escucha con mayor frecuencia en el mundo del deporte. ¿Qué es más sano? ¿Correr o caminar?. Para contestarla y no fracasar en el intento, antes es imprescindible acotar el significado verdadero de la palabra salud. La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia, según la definición presentada por la Organización Mundial de la Salud(OMS) en su constitución aprobada en 1948. Actualmente existen demasiados intereses económicos que nos han llevado a relacionar la salud, más con los músculos y los cánones de belleza que, con todos los demás factores sociales e intelectuales que mantienen la salud de nuestro organismo.

Las razones que nos llevan a elegir un deporte u otro pueden tener connotaciones muy dispares. Nuestra elección se ve influenciada por todo tipo de factores: la edad, nuestro estado de salud previo, el tiempo libre del que disponemos, nuestros propios gustos personales etc, y por supuesto los objetivos que queremos cumplir con el ejercicio. Alguno profesionales en el mundo del deporte, muchas veces subestiman la importancia que tienen todos estos factores a la hora de afirmar, a veces con demasiado vehemencia, que uno u otro deporte es el más sano. Hasta hace muy poco, para el mundo del deporte la práctica del “Walker” era una disciplina infravalorada. Quedaba restringida a los “viejos” y enfermos que necesitaban en la medida de los posible mantenerse en forma con las taras que les imponía la vida, pero la evidencia científica avala cada vez con mayor potencia esta práctica deportiva, no sólo en los viejos y en los enfermos, sino en todos los grupos de edad.

La virtud reside en la moderación, esto también no lo enseñaron los clásicos, y cobra especial importancia a la hora de ponerse en forma. El artículo anterior de Fernando, nuestro psicólogo, ya advertía sobre el abanico de adicciones que podían amenazar la salud mental. El deporte, mal gestionado, puede llegar a convertirse en una de éstas adicciones. Es lo que tiene el yugo de la fisiología.

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Cuando practicamos deporte, cualquier tipo, nuestro organismo responde con un sin fin de reacciones bioquímicas. Cuando corremos, por ejemplo, el sistema simpático se activa, la adrenalina, la famosa neurohormona con la que Vincent salvaba a Mia en Pulp Fiction, aumenta su concentración en el torrente sanguíneo y comienzan a suceder una serie de cambios fisiológicos necesarios para mantener los requerimientos energéticos que precisamos. La frecuencia cardíaca se acelera. La tensión arterial aumenta, y la sangre se redistribuye. El caudal sanguíneo se amplifica en los músculos y en el corazón en detrimento de los intestinos. El hígado comienza a movilizar las reservas de glucosa hacia la sangre. Y la piel a sudar para mantener refrigerado el cuerpo mientras consume esa cantidad ingente de energía necesaria para correr.

Captura de pantalla 2014-10-01 a las 13.45.20La adrenalina, junto a otras hormonas o receptores, como la dopamina, los corticoides, la serotonina etc., también actúan a nivel cerebral con diferentes misiones según la zona donde ejerzan su influencia. Son ampliamente conocidos los cambios que se producen en el sistema límbico, una parte del encéfalo encargada de conformar nuestras conductas y nuestros patrones del deseo y las emociones. Las endorfinas poseen un papel vital en las transformaciones neuronales secundarias a la práctica del deporte. Por desgracia es muy difícil convencer a nuestro sistema límbico de que la moderación es la mejor opción, y en ocasiones los excesos nos pueden alejar de la salud.

Puede que me haya desviado del cometido principal de este artículo, pero las anteriores son claves completamente imprescindibles a la hora de contestar la pregunta de moda. En este sentido, si entendemos las implicaciones globales del deporte en la salud, nos será más sencillo comprender porqué cada vez es más frecuente cruzarnos con gente que camina rápido, mirando al horizonte mientras se pone en forma. El “Walker” o caminar rápido, considerado como disciplina deportiva, es quizás la que menor incidencia de efectos adversos presenta, y la que mayores beneficios reporta a nuestro sistema cardiovascular, al sistema nervioso y al “musculoesquelético”. La evidencia científica nos dice que caminar a un ritmo rápido, a largo plazo mejora la capacidad cardiorrespiratoria, disminuye el riesgo de infartos y accidentes cerebro-vasculares, ayuda a mantener un índice de masa corporal adecuado a la edad y la comorbilidad, incluso ya algunos artículos empiezan a advertir que puede también aumentar la esperanza de vida. En contraposición, los efectos adversos son mínimos, supone un menor riesgo de hipertrofias cardiacas, de muertes súbitas en el deporte, y por supuesto de lesiones traumatológicas. Un deporte seguro para los enfermos de la espalda o los que padezcan de patologías leves del tren inferior o el superior, para los enfermos del corazón, para las personas con problemas de peso, para las embarazadas incluso puede ser recomendado en los niños.

El secreto está en caminar rápido. Lo suficiente como para que la conversación con el compañero no sea demasiado fluida. Estamos haciendo ejercicio, no paseando. El tiempo es muy importante. Camine tanto tiempo como le permitan sus pies. A partir de los treinta minutos comienzan a quemarse grasas, pero los efectos beneficiosos sobre el sistema cardiovascular aparecen desde los primeros momentos. Una hora al día es suficiente si consigue compatibilizar el tiempo con la intensidad suficiente. No tiene porqué salir todos los días. Intente ir abandonando su coche siempre que pueda. Luche contra los encantos del ascensor y tenga paciencia. Caminar no es incompatible con otros deportes, sino que más bien los complementa y ayuda a que su práctica sea más segura y reconfortante.

Hasta la próxima.

Alfonso Miguel Blanco Parreño
Traumatólogo

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